Mira, ni te vas a creer lo que me ha pasado. Vamos, cosa mala, que tengo desde hace unos días el cuerpo “cortao”.
Resulta que el otro día voy y me pongo a hacer Angüelas que es un dulce típico de esta tierra en Semana Santa, y de paso colgar la receta en mi blog de cocina.
La receta que yo tengo, vamos, que es del tiempo “ven que te peino las trenzas”, no te digo más de que es una receta de la Chacha María…. Y la Chacha María era hermana de mi bisabuela, así que haz tú la cuenta del tiempo que puede tener la receta.
La Chacha María por lo visto, además de trabajar en un almacén de aceitunas, que ahí y en las panaderías era donde se trabajaba en aquella época, pues en las fechas típicas, cono Navidad y Semana Santa, se dedicaba a ir por las casas, previo pago, pa hacerles a las familias que podían pagarlo, los dulces propios de las fechas, ya fueran Mantecados, Polvorones o Roscos de Vino en Navidad, o Pestiños, Empanadillas, Rosquitos o Angüelas en Semana Santa, que de todos tengo yo la receta guardada como oro en paño.
A ella la llamaban de tal o cual casa, y quedaban para tal día a tal hora, y allí se presentaba la Chacha María con su lebrillo de barro vidriado para amasar la masa, y el rodillo de madera pa extenderla, y desde luego con la maja y el almirez pa majar los ingredientes de especias, que decía ella que como sus “cacharros de cocina” ningunos.
La Chacha María no tuvo hijos, así que al final de su vida quedó a cargo de los sobrinos hasta que se murió ya muy vieja, pero dicen que hasta el final estuvo yendo por las casas a hacer los dulces, aunque eso sí, acompañada por alguien pa que le ayudara, que ella, claro, ya era muy mayor y no tenía muchas fuerzas pa amasar.
Bueno a lo que iba, pos que éso, que hice las Angüelas por la mañana y por la tarde va y se presenta en mi casa mi amiga “la bruja”, que ya he hablado de ella en otra ocasión, y va y me dice que qué bien huele al entrar a dulces de miel, y yo le digo que he hecho Angüelas, que si quiere probarlas con un poquito de café Catunambú. Dice que sí, y digo yo que pos venga, que vamos al salón a tomarlo allí, porque la tarde está muy nublosa y hace viento frío pa tomárnoslo en el porche.
Así que entramos en el salón, y cuando me dispongo a poner el mantel va mi amiga y que suelta así, a bocajarro:
“¿Quién es esa señora que está sentada en la butaca?” “¿Qué señora y en qué butaca?, le digo yo.” “La butaca que hay al lado de la ventana. Allí hay sentada una señora mayor vestida de negro.” “Pos yo no veo a nadie.” Y como mi amiga es tan bromista, pensé que me estaba gastando una broma. Pero luego cuando la miré supe que no estaba de bromas. Entonces yo me puse muy pero que muy seria. “A ver Elena (no se llama Elena, pero no quiero poner su nombre), explícame bien eso de la señora y déjate de cachondeo.”
Entonces va mi amiga y me dice seriamente que en la butaca hay sentada una señora, que tiene el pelo recogido en un rodete en la nuca, que su pelo es negro pero con muchas canas, que los pendientes son largos pero también negros, no tiene dientes en la parte de arriba y le falta el dedo índice de la mano derecha. Está vestida de negro pero tiene un delantal blanco, y en la falda le descansa un lebrillo vidriado. Dice que está quieta pero que parece que nos observa.
Mira, yo no sé lo que me entró por el cuerpo. Me morí de miedo, y eso que a mí no me dan mucho miedo estas cosas, pero vamos, que en un caso así, tu me dirás.
A mí lo primero que se vino a la cabeza fue la Chacha María, no sé yo porqué, tal vez por lo de las Anguelas, que no por otra cosa, que yo no conocía a la Chacha, que murió mucho antes de que yo naciera, ni había visto nunca una foto suya, entre otras cosas porque no creo que hubiera fotos en su época. Pero mi madre sí que la conoció cuando era muy chica, así que de inmediato la llamé por teléfono y le pregunté cómo era.
A medida que mi madre la describía yo me iba poniendo más y más mala. Ni te imaginas, porque mi madre la describió tal y como lo hizo mi amiga. Y para colmo va y me dice que el faltaba el dedo índice porque se lo pilló con la máquina de deshuesar aceitunas en el almacén en el que trabajaba. ¡No te digo ná!.
“¿Qué pasa niña? ¿Por qué quieres saber como era la Chacha?” “ Por nada “omaíta”, curiosidad solamente.” Y colgué.”
¡Eha!, ahora me dices tú a mí que hago. Yo no la veo desde luego, pero así son las cosas: parece que la Chacha María está sentada en la butaca de mi casa. Ni pasar por el lado de la butaca quiero yo, de yuyu que me dá, pero vamos, que cuando al amanecer entra el sol, yo voy y bajo la persiana, vaya que le moleste tanta claridad a la pobre.
Y a ver que coño hace la Chacha en mi casa, que ni yo la conocía a ella, ni ella a mí ni nada. Es que no quiero ni sentarme en la butaca por eso de que podría estrujarla. Joder. Yo no sé si habrá acudido al olor de las Angüelas como las abejas acuden a la miel, pero la cuestión es que dice que está aquí. Pos vaya una leche. Y pa colmo, mi amiga se fue y me dejó el marrón.
Mi marido dice que aproveche ahora que está aquí pa que me haga unas poquitas de empanadillas, (vaya mi marido también con el cachondeo), pero yo, de verdad, que estoy deseando que sea más tarde pa llamar a mi amiga a ver qué hago. O por lo menos que venga y me diga si aún sigue aquí, que a lo mejor ya se ha ido y yo, como no la veo, pos no lo sé.
No te digo!!!!!.
Ahí os dejo el enlace de la receta de las Angüelas, a ver si el que tenga valor de entrar en el blog a leerla se lleva, además de la receta, a la Chacha María y me quita el problema de encima.
http://cocinatic.blogspot.com/2008/03/angelas.html/












