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Archivos de: Marzo 2008

La Chacha Maria

por Albhatan @ 2008-03-20 - 18:03:16

Mira, ni te vas a creer lo que me ha pasado. Vamos, cosa mala, que tengo desde hace unos días el cuerpo “cortao”.

Resulta que el otro día voy y me pongo a hacer Angüelas  que es un dulce típico de esta tierra en Semana Santa, y de paso colgar la receta en mi blog de cocina.

La receta que yo tengo, vamos, que es del tiempo “ven que te peino las trenzas”, no te digo más de que es una receta de la Chacha María…. Y la Chacha María era hermana de mi bisabuela, así que haz tú la cuenta del tiempo que puede tener la receta.

La Chacha María por lo visto,  además de trabajar en un almacén de aceitunas, que ahí y en las panaderías era donde se trabajaba en aquella época,  pues en las fechas típicas, cono Navidad y Semana Santa, se dedicaba a ir por las casas, previo pago, pa hacerles a las familias que podían pagarlo, los dulces propios de las fechas, ya fueran Mantecados, Polvorones o Roscos de Vino en Navidad, o Pestiños, Empanadillas, Rosquitos o Angüelas en Semana Santa, que de todos tengo yo la receta guardada como oro en paño.
A ella la llamaban de tal o cual casa, y quedaban para tal día a tal hora, y allí se presentaba la Chacha María con su lebrillo de barro vidriado para amasar la masa, y el rodillo de madera pa extenderla, y desde luego con la maja y el almirez pa majar los ingredientes de especias, que decía ella que como sus “cacharros de cocina” ningunos.

La Chacha María no tuvo hijos, así que al final de su vida quedó a cargo de los sobrinos hasta que se murió ya muy vieja, pero dicen que hasta el final estuvo yendo por las casas a hacer los dulces, aunque eso sí, acompañada por alguien pa que le ayudara, que ella, claro, ya era muy mayor y no tenía muchas fuerzas pa amasar.

Bueno a lo que iba, pos que éso, que hice las Angüelas por la mañana y por la tarde va y se presenta en mi casa mi amiga “la bruja”, que ya he hablado de ella en otra ocasión, y va y me dice que qué bien huele al entrar a dulces de miel, y yo le digo que he hecho Angüelas, que si quiere probarlas con un poquito de café Catunambú. Dice que sí, y digo yo que pos venga, que vamos al salón a tomarlo allí, porque la tarde está muy  nublosa y hace viento frío pa tomárnoslo en el porche.
Así que entramos en el salón, y cuando me dispongo a poner el mantel va mi amiga y que suelta así, a bocajarro:
“¿Quién es esa señora que está sentada en la butaca?”  “¿Qué señora y en qué butaca?, le digo yo.” “La butaca que hay al lado de la ventana. Allí hay sentada una señora mayor vestida de negro.” “Pos yo no veo a nadie.” Y como  mi amiga es tan bromista, pensé que me estaba gastando una broma. Pero luego cuando la miré supe que no estaba de bromas. Entonces yo me puse muy pero que muy seria. “A ver Elena (no se llama Elena, pero no quiero poner su nombre), explícame bien eso de la señora y déjate de cachondeo.”
Entonces va mi amiga y me dice seriamente que en la butaca hay sentada una señora, que tiene el pelo recogido en un rodete en la nuca, que su pelo es negro pero con muchas canas, que los pendientes son largos pero también negros, no tiene dientes en la parte de arriba y le falta el dedo índice de la mano derecha. Está vestida de negro pero tiene un delantal blanco, y en la falda le descansa un lebrillo vidriado. Dice que está quieta pero que parece que nos observa.

Mira, yo no sé lo que me entró por el cuerpo. Me morí de miedo, y eso que a mí no me dan mucho miedo estas cosas, pero vamos, que en un caso así, tu me dirás.

A mí lo primero que se vino a la cabeza fue la Chacha María, no sé yo porqué, tal vez por lo de las Anguelas, que no por otra cosa, que yo no conocía a la Chacha, que murió mucho antes de que yo naciera, ni había visto nunca una foto suya, entre otras cosas porque no creo que hubiera fotos en su época. Pero mi madre sí que la conoció cuando era muy chica, así que de inmediato la llamé por teléfono y le pregunté cómo era.
A medida que mi madre la describía yo me iba poniendo más y más mala. Ni te imaginas, porque mi madre la describió tal y como lo hizo mi amiga. Y para colmo va y me dice que el faltaba el dedo índice porque se lo pilló con la máquina de deshuesar aceitunas en el almacén en el que trabajaba. ¡No te digo ná!.

“¿Qué pasa niña? ¿Por qué quieres saber como era la Chacha?”  “ Por nada “omaíta”, curiosidad solamente.” Y colgué.”

¡Eha!, ahora me dices tú a mí que hago. Yo no la veo desde luego, pero así son las cosas: parece que la Chacha María está sentada en la butaca de mi casa. Ni pasar por el lado de la butaca quiero yo, de yuyu que me dá, pero vamos, que cuando al amanecer entra el sol, yo voy y bajo la persiana, vaya que le moleste tanta claridad a la pobre.

Y a ver que coño  hace la Chacha en mi casa, que ni yo la conocía a ella, ni ella a mí ni nada. Es que no quiero ni sentarme en la butaca por eso de que podría estrujarla. Joder. Yo no sé si habrá acudido al olor de las Angüelas como las abejas acuden a la miel, pero la cuestión es que dice que está aquí. Pos vaya una leche. Y pa colmo, mi amiga se fue y me dejó el marrón.

Mi marido dice que aproveche ahora que está aquí pa que me haga unas poquitas de empanadillas, (vaya mi marido también con el cachondeo), pero yo, de verdad, que estoy deseando que sea más tarde pa llamar a mi amiga a ver qué hago. O por lo menos que venga y me diga si aún sigue aquí, que a lo mejor ya se ha ido y yo, como no la veo, pos no lo sé.
No te digo!!!!!.

Ahí os dejo el enlace de la receta de las Angüelas, a ver si el que tenga valor de entrar en el blog a leerla se lleva, además de la receta, a la Chacha María y me quita el problema de encima.

http://cocinatic.blogspot.com/2008/03/angelas.html/

 

 


 
 

¿En Qué Pensaría Sor Catalina?

por Albhatan @ 2008-03-12 - 21:44:41

(Dibujo "Una Azotea En Córdoba" - A, Huertas -1901)



Ahora se habla mucho de la xenofobia y de la crueldad infantil. Desde luego todos nos llevamos las manos a la cabeza cuando sale alguna noticia en la tele referente a alguno de los mencionados temas, y todos mostramos nuestra repulsa sobre ellos, porque claro, la mayoría lo sentimos como una aberración contra la naturaleza y contra el prójimo,y nos indignamos ante tales situaciones.

En definitiva, hoy en día son dos temas de la más estricta actualidad y que se condenan.

Pero no siempre ha sido así, no señor, y además no hace mucho de ello, bueno, un poquito sí que ha llovido desde entonces, pero vamos, no tanto como algunos se piensan.
Y mira, to esto lo digo yo por experiencia propia, o sea, porque lo he sufrido en mis carnes, y las dos cosas juntas además.

Yo hace ya mucho, pero mucho, que soy consciente de que mi fisonomía tiene ciertos rasgos “agitanados”, y desde luego para nada que me importa, muy al contrario me siento orgullosa de ello, y aunque no lo sea, me complace que me lo consideren quienes no me conocen, y sobre todo, me enorgullece que mis amigos desde siempre me hayan llamado “Gitana”, porque para mí es una raza que siento muy dentro de mi tierra, y un pueblo de cuyas raíces tal vez yo provenga, sino raíces recientes, vete tú a saber si lejanas.

Pero como he dicho anteriormente antes no era así. Antes el decir a alguien gitano era un insulto. Los gitanos eran, en la opinión de la sociedad de entonces, ladrones, asesinos, maleantes, vagos, y hasta podría decir que se consideraban una raza casi maldita.

Cuando mis padres me llevaron al colegio por primera vez contaba yo la edad de cuatro años, y mira, tenía el pelo negro azabache y mi cabeza eran puros rizos, y por si fuera poco mi piel era totalmente distinta de la de mi hermana, blanca como la leche. La mía era morena, aceitunada.
Y así, con  mi fisonomía, porque claro, era lo que había, me llevo mi madre al colegio de las Hijas de la Caridad, con un babi  más blanco que la nácar (y vaya si mi madre le echaba lejía y lo ponía al sol cuando lo lavaba pa que estuviera más blanco), que resaltaba aún más mi tez.
Bueno, pos allí estaba yo en la clase de Sor Catalina, sentadita en una banca de madera, con mi maletita de plástico y llorando a mares porque mi madre me había dejado allí solita.

Sor Catalina escribía las vocales en la pizarra (encerado le llamaba ella), y claro, daba la espalda a la clase y los niños se revolucionaban, porque en el fondo no dejaba de primar la inocencia en sus cabecitas, puesto que se pensaban que el estar de espaldas era sinónimo de sordera.

Y así, mientras Sor Catalina ponía en la pizarra verde la “a” y la “e”, para entrar en materia, los niños del banco de delante comenzaron a lanzar entre ellos risas apagadas y a cuchichear, y al cabo se volvieron hacía y me lanzaron a bocajarro ¡Gitana, Gitana!, y yo entre pucheros y lágrimas contenidas decía tímidamente que no. Entonces ellos se ensañaron más ante mi debilidad y me decía todos a una “¡Tu madre es una gitana, tu padre es un gitano, y tu eres una gitana!”. Y mira, eso fue ya la gota que colmó el vaso, porque yo me puse a imaginar a mi madre vestida de gitana canastera, con las enaguas de lunares y el delantal de blonda, y con un clavel en la cabeza. Y a mi padre a su lado como el más calé de los Gitanos.

Yo lloraba y lloraba y Sor Catalina ajena de todo.

Cuando sonó el timbre para salir yo temblaba, porque estaba segura de que mi madre me esperaba vestida de gitana, vamos, que me lo creía a pie juntillas.

Pero no, que va, mi madre iba vestida tan humilde y elegante como siempre, y no porque la ropa fuera este mundo y el otro, que no había dinero pa eso, sino porque la elegancia de mi madre estaba en su cuerpo.

Claro, lo primero que me preguntó fue que me pasaba. “que me han dicho los niños que papá, tú y yo somos gitanos”. Y mi madre, con la singularidad que la caracterizaba me dice: “Bueno ¿y qué? ¿qué de malo tiene eso?”  “que yo no quiero que seamos gitanos”, “anda y no llores por eso que no es ninguna cosa mala ser gitano. Pos ya quisieran muchos de éstos que estudian en un colegio de monjas tener el corazón tan grande como lo tienen la mayoría de los gitanos.”

A mí se me pasó la llantina y de su mano caminábamos a casa. Ella entre dientes murmuraba: “a ver en que estaría pensando Sor Catalina pa no defenderte”.

Y eso me pregunto yo hoy. ¿En qué pensaría Sor Catalina”.

Te quiero, Pablo

por Albhatan @ 2008-03-09 - 10:05:39


Lo quiero, lo quiero mucho…A él.

Y quiero que se entere todo el mundo, joder, que se sepa que yo no sé que es esto que tengo en el pecho. De verdad que no lo sé. Yo digo que es como si tuviera dentro un globo muy gordo, que se va poniendo más y más gordo cada vez, y mira, hasta me duele. Sí vamos, es que parece que el pecho se me va a abrir en dos pa que pueda salir todo esto que siento.

Y es que todo es por causa de él. Fíjate tú la de veces que me ha hecho sufrir, claro, digo yo que como todo el mundo, porque la vida es así, ya lo sabemos: quién bien te quiere te hará llorar… claro lo que pasa es que a mí me duele tanto cuando él me da sufrimiento… y desde luego estoy segura que yo también lo he hecho sufrir a él más de una vez y de dos, porque los seres humanos sufrimos por quién queremos, que si no, nos da igual ocho que ochenta.

Y la de veces que he pensado, incluso sentido que el no me quería!! Montones de veces que he sentido así, y mira, que me he hinchado de llorar, y también me he sentido frustrada y mal, y me he preguntado una y mil veces en que fallé, dónde cometí el error… bueno, todas esas cosas tan vejatorias que una se pregunta cuando se siente culpable sin saber de qué tiene la culpa.

Ya digo, todo por él. Llevo años pensando así. Desde que me di cuenta de que le salieron alas propias y comenzó a volar creyendo yo que se olvidaba de mí. De mí, fíjate, que tantas veces lo he apresado entre mis brazos, y que tantos y tantos besos le he dado, y millones más que le daría, pero claro, resulta que se me escapó y no por nada especial, sino porque la ley de la vida es así y él se tenía que escapar y abandonar un poquito el nido.

Y yo, sumisa, víctima, mártir, yo, que me había aprendido al dedillo los códigos de las leyes de la vida, yo, que siempre me he sentido más preparada que nadie para comprender y aceptar las relaciones humanas, yo… (ilusa yo), voy, y cuando llega la hora me estrello pasándome por el forro todo lo que pensaba, lo que sabía, lo que pregonaba..

Pero mi amor por él, aún a sabiendas de su alejamiento cada vez se ha hecho más fuerte.
Si, de verdad, muy fuerte.

Y ayer, sin motivo, sin nada que lo obligara, sin razón, salió de su boca cuánto y cuánto me quiere.

Te puedes imaginar que lloré, aunque no desde luego delante de él, porque me daba vergüenza, porque mi llanto, además de emoción, era por haber caído dónde suele caer la mayoría de la gente cuando los hijos crecen y comienzan a caminar por sí mismos.
Que tonta he sido. En lugar de echar mano de todo lo estudiado sobre el tema, y que tenía concienciado desde que lo parí, voy y me pongo a pensar que se aleja porque no me quiere. Valiente mentecata.

¿Y se puede imaginar alguien lo que significa que te digan que te quieren mucho, mucho, mucho, mucho, y tu sabes que es la verdad cuándo en alguna ocasión has llegado a pensar lo contrario?

Pues se siente lo que yo siento ahora, eso que he contado antes del globo en el pecho que te lo va a hacer reventar.

Y es que yo lo quiero tanto….

Te quiero Pablo, mi niño, mi amado niño, que aunque te falten días para cumplir los 29 años, pa mí sigues siendo aquella cosita hermosa que salió de mis entrañas prematuramente, un martes 10 de Abril, cuando en Sevilla sonaba una saeta en el aire y el Cristo de la Buena Muerte de los Estudiantes, procesionaba bajo el azahar de los naranjos de la Plaza del Museo.

(Y me parece a mí que se va a mosquear un poquito si ve que he puesto sus fotos, pero ¿qué?, Co..o, que lo vea tó el mundo).

Carmela La Rata

por Albhatan @ 2008-03-04 - 13:10:52

(Oleo Jarra y Vino - Germán Fuentes García)


(Bambino-Orfeo Negro)

Su nombre era Carmela y su apellido, aunque yo nunca supe cual, desde luego que no era “La Rata”. Pero tal que sí le decían y así era conocida. Yo no sabía el porqué de ese apodo o mote, pero desde luego bien puesto sí que estaba porque vamos, la Carmela la Rata físicamente era totalmente eso, una rata.
Era bajita, tenía el cuerpo delgado y encorvado y huesudo, el pelo veteado de canas y recogido en la nuca en un rodete. Vestía de negro, y para no mancharse la ropa (qué ironía si nunca estaba aseada) se colocaba un delantal también negro pero moteado de puntitos blancos. Por zapatos unas alpargatas por supuesto negras, lo cual nos daba pie a mi hermana y a mí a preguntarle a mi madre el porqué todas las viejas se vestían de negro. “Es por el luto” nos respondía, y yo le decía a mi hermana que quién sería el luto ése que les decía a todas las viejas que se vistieran de negro.

No podría yo decir su edad porque ya se sabe, cuando se es niña los jóvenes nos parecen adultos y los adultos viejos, así que ante mis ojos la Carmela La Rata me parecía una vieja, con más semejanza de una bruja que de la mujer que teníamos por vecina y que vivía en la casa de más arriba y aunque no me causaba temor, digamos que sí algo, más bien mucho, respeto,  por esos dimes y diretes que se murmuraban sobre ella entre las vecinas.

De todos era sabido que la Carmela la Rata le daba más a la botella que La Parrala. Vino blanco de ese del cagalón era lo que bebía, y desde luego, todas las mañanas nada más levantarse, pos allá que iba a la tasca El Carguivete (carga y vete), a tomarse su copita de aguardiente, un "ligaíto",  que lo llamaba ella, o sea media copa del seco y media del dulce.
Cuando la Carmela ya venía de vuelta del Carguivete andaba ya un poquito “entoná” y generalmente al pasar por mi puerta se daba de cara con mi hermana y conmigo, que pulcramente uniformadas salíamos de casa camino del colegio.

“Ay que pelito tan precioso tienes y que rizos, que parecen hechos a mano”, me decía a la par que me tocaba la cabeza, y mi hermana y yo aguantábamos la respiración para no inhalar el vaho alcoholizado que desprendía.

Y así se pasaba el día la Carmela, dando viajitos al Carguivete con un jarrito de lata de medio litro en la mano, y ahí le echaba el tasquero el vino, “pal guiso”, decía ella que era, pero la cosa es que yo, aún siendo niña, me preguntaba que qué guisaría que le echaba tanto vino. “¡Qué va!, -decía mi madre cuando le preguntaba- si la Carmela no guisa. Tó se lo bebe ella. Una cosa mu mala que es la “bebía”, hija, que menos mal que tu padre no ha “bebío” nunca”, y me dejaba intentando imaginar como sería mi padre “bebío” y porqué la “bebía" sería tan mala. Nada, cosas de mi madre, que te dejaba siempre a medias tintas, dando por sentado que una lo sabía todo.
Y es que antes, vamos, antes no se les daban a los hijos las explicaciones por todo tal y como se les dan hoy, y yo soy una víctima de “antes”.

La Carmela La Rata tenía un marido y tres hijos, una hembra y dos varones. La hembra estaba casada y no tenía muy buenas relaciones vete tú a saber por qué, aunque es imaginable, y de los varones uno era homosexual y hacía su vida independiente y el otro ya comenzaba a hacer sus pinitos con el alcohol.

Ahora, el marido ni te digo. Al marido le decían El Rano, y si veinte viajes daba su mujer a la tasca, el daba cuarenta.

Pero la historia del Rano ya la contaré en otra ocasión, que si no, esto se alarga mucho y entonces no me leen ni las moscas, que los blogueros cuando vemos un post más largo de lo habitual parece que vemos al diablo y pasamos página. (Ahora, juro por dios si lo hay que no soy yo de ésas, pero que vamos, que  sé que alguno-as lo hacen y no es que yo lo imagine sino porque  me lo han dicho ellos mismo.).

Muchas veces la Carmela venía a mi casa con el jarrito de lata vacío en la mano.

“Mira Lola – le decía a mi madre – a ver si me puedes hacer un favor mujer, que fíjate, que voy a guisar papas con costillas y no tengo vino, y resulta que mi hijo aún no ha llegado con el jornal, a ver si me puedes prestar….” Y me madre le daba las monedas pal vino y algunas veces, cuando podía, le daba huevos y aceite.

“Papas con costillas – murmuraba bajito mi madre  luego que ella se fuera -  vamos, que no sé yo bien va quién el vino”. Pero nunca le decía que no y siempre le daba el dinero, y eso a pesar de que en casa no reinaba la abundancia.

La Carmela vivía en una casa de vecindad. Nada más entrar al zaguán había una puerta a la derecha que es dónde ella tenía sus aposentos: una sala donde tenía una mesa y una silla y un pequeño infernillo pa guisar. Tenía también una cama, que más que cama era un catre donde dormía su hijo, y más hacia dentro otra habitación que hacía las veces de dormitorio, aunque parece ser que dormían en el suelo, porque según decían, hacía ya mucho que habían vendido los muebles por causa del alcohol.

Yo esa habitación nunca la ví, y lo que sé de la otra es porque lo veía al pasar cuando iba a esa casa a jugar con mi amiga Amparo, y aunque pasaba rápidamente por causa del mal olor que de allí salía, me daba trazas de echar una ojeada. Nada, la curiosidad infantil que no perdona.

Un o dos veces al año la Carmela llegaba a casa con una carta en la mano que le acababa de dejar el cartero para ver si se la podíamos leer, que ella, claro, ya se sabe, nunca fue a la escuela y no sabía leer ni escribir. Eran cartas de su hermano que había emigrado hacía muchos años a “las Américas”, y allí se había casado y formado una familia, y estaba muy bien colocado en el trabajo y que lo ganaba muy bien.

Mi madre le leía las cartas en voz alta y ella lloraba, destilando olor a vino por los cuatro costado entre sus sollozos, y en esos momentos a mi no me daba miedo sino pena, porque aunque ni me lo habían contado, ni yo tenía edad para entenderlo, intuía que su hogar era un hogar destrozado por el alcohol, y si no hubiese sido por ese olor, a vino rancio, la hubiera abrazado.

Las veces que venía con la carta siempre traía dos caramelos de menta que le compraba a Florencio el del Kiosco, uno para mi hermana y otro para mí, a modo de agradecimiento.

Un día la Carmela La Rata no fue en todo el día al Carguitevete, y al otro día tampoco. Su puerta se mantenía cerrada a cal y canto. Por  no se qué razón el marido y el hijo llevaban dos días sin ir a su casa, vete tú a saber por dónde andarían. Nada, cosas del destino que tantas veces juega con nosotros y con lo que le dá la gana. Entonces la casera se asomó desde la calle a la ventana que daba a la habitación, y allí dice que estaba la Carmela en el suelo tirada.

Y bueno, luego el revuelo. Forzaron la puerta y la encontraron muerta al menos desde hacía dos días. Decían que fue un ataque al corazón…  que fue que se cayó y se dio un golpe en la cabeza… que tenía la frente morada… Yo temblaba y ni siquiera sabía por qué, aunque ahora creo que es porque la gente que se acercó murmuraban que olía a muerte.

¡Ya se la llevan! – decían los vecinos arremolinados en la calle cuando la sacaban en el ataúd, y mi hermana y yo nos escondimos debajo de la mesa de camilla. “hermana, vamos a rezar un padre nuestro por su alma, que dice Sor Tomasa que hay que rezar para que le sirva de indulgencia y esté menos tiempo en el purgatorio” y rezamos no un padre nuestro, sino el rosario entero y besamos la medalla de la Virgen Milagrosa que colgaba de él, porque nosotras no queríamos que la Carmela La Rata fuera al purgatorio y mucho menos al infierno.

A mi no me dijeron claramente de que murió la Carmela La Rata, pero cuando ya en la noche estábamos mi hermana y yo acostadas (dormíamos en la misma cama), yo le dije:
“Hermana, ¿te parece a ti que ha sido por la “bebía”?”. Y ella no contestaba, lo que quería decir que pensaba lo mismo que yo.

En la cocina, y después de contarmos el cuento de rigor antes de dormirnos, mi madre zurcía calcetines. De fondo se oí en la radio cantar a Bambino.



 
 

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