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Archivos de: Noviembre 2007

Con Los Ojos De Una Niña

por Albhatan @ 2007-11-27 - 21:30:25

reyes

Acabo de ver en la tele que las calles de Madrid ya están iluminadas y adornadas con motivos navideños (la verdad es que se ve todo precioso, dejando aparte el enorme gasto de energía eléctrica que eso supone) y he recordado con cierta nostalgia la Navidad de mi infancia.

Cuando yo era pequeña no se adornaban ni se iluminaban las calles de mi ciudad (en Sevilla capital si), y la campaña publicitaria (si se puede llamar campaña) comenzaba exactamente unos días antes del sorteo extraordinario de lotería, no como ahora, que en cuanto quitan las rebajas del verano ya están montando la campaña navideña. A este paso nos vamos a comer los “mantecaos” en agosto en una hamaca tomando el sol a la orilla del mar.

Bueno, a lo que iba, en mi casa y sobre mediados de diciembre, mi padre traía a casa una caja de 5 kilos de “mantecados La Estepeña”. Sólo había dos marcas, ésa y la de “El Patriarca”, pero mi padre compraba ésa porque sí y porque a nosotros nos daba igual una que otra. Compraba además para invitar a los vecinos o las posibles visitas, una botella de anís dulce “La Castellana” (“el mejor de España” según la publicidad), y una botella de coñac “Fundador” (que “está cómo nunca”, también según la publicidad, y ojo que la publicidad era por la radio, que televisor no había entonces, al menos en mi casa). Pero ahora, eso sí, allí no tocaba nadie hasta el mismísimo día 24 de diciembre, que era entonces el pistoletazo de salida para las fiestas. Mientras tanto descansaban en lo alto del ropero de la habitación de mis padres.
Mi hermana y yo a veces nos subíamos en una silla para llegar a tan preciado tesoro y al menos olerlo, ya que no podíamos tocarlo. Algunos años, y con un poco de suerte, también había una bandejita de fruta escarchada.
Yo me pasaba el día en el colegio pensando en la caja de “La Estepeña” y la boca se me hacía agua. (“omaíta” danos un “mantecao” pa después del almuerzo) (ni hablar del peluquín, que eso no se toca hasta Noche Buena) Y punto en boca.

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Cuando salía del colegio e iba camino de mi casa me paraba en todos los escaparates a mirar los juguetes. No eran tiendas dedicadas exclusivamente a ellos como ahora. Antes los juguetes se vendían (y solo durante navidad con vista a la Noche de Reyes) lo mismo en una droguería, que en una tienda de tejidos, que una ferretería. Reservaban un lugar en sus escaparates para colocar los juguetes. Yo me ponía muy nerviosa porque los quería todos y sólo me podían traer uno, y como tenía que darme prisa en escribir la carta a los Reyes Magos para que diera lugar a que les llegara, pues éso, que era lo último que me hacía falta para ser más “traviesa” (esta niña tiene el demonio metío en el cuerpo) con los nervios, según decía mi madre.

Y llegaba el día 24 de Diciembre. En mi casa y como ya he dicho en otras ocasiones la economía no lo permitía, así que no había cena de Navidad. Esa noche se cenaba arroz del puchero con pringá como todos los días y de postre eso sí, se habría la caja de mantecados. Mi hermana y yo nos íbamos inmediatamente a la cama porque nos vencía el sueño y porque estábamos deseando que llegara el día siguiente.
Pero antes que llegara el día siguiente, y a media noche, llegaban los campanilleros a mi ventana, tocando la zambomba, las panderetas y frotando una botella de anís con una cuchara y cantando villancicos.
Entonces mis padres de despertaban y nos despertaban a nosotras, y salíamos y los invitábamos a pasar y los convidábamos a unos “mantecaos” y una copita de anís o de coñac, según quisieran.

Y luego, a dormir de nuevo con el alma henchida.

Al día siguiente mi padre nos despertaba muy temprano, antes de que fuera de día, y nos metíamos con mi madre en la cama de matrimonio mientras él preparaba el café, con mucha leche para nosotras y poca para ella (antes a los niños se les daba café y ningún pediatra se llevaba las manos a la cabeza). Luego nos recostábamos las tres sobre la almohada (mi hermana pequeña aún no tenía ni la más mínima intención de venir a este mundo) medio acostadas medio tendidas y él nos ponía encima la caja de mantecados, todos liados en papel de celofán de colorines, cubiertos de espumillón blanco y la mañana oía a Estepa, a anís, a cisco picón de los braseros, a café (mitad café mitad cebada) recién hecho, a pan de la panadería de la calle de al lado y sobre todo a amor y fraternidad, porque eso sí, mi casa era humilde (como casi todas las de entonces), pero rebosaba amor por los cuatro costados, tanto por parte de mis padres mutuamente, como entre todos. Eramos un lazo de terciopelo incluída mi abuela paterna que vivía con nosotros.
En la caja había de todo: mantecados de ajonjolí, polvorones, roscos de vino, alfajores, que en mi ciudad se decía “mojones de perros”, ( y vaya si estaban buenos), y la gula los podía hasta que mi madre tenía que poner orden (“ya está bien niñas, que vais a coger una empachera…”)

Al día siguiente sí comíamos algo especial, generalmente pollo que mi vecina Pepa, de la que ya he hablado en otra ocasión se encargaba de matar y ayudar a mi madre a cocinarlo pues ella era muy buena cocinera y mi madre regular, pero vamos, que eso es otro episodio digno de contar y que ya haré en otra ocasión porque éste se está extendiendo demasiado.
Y es con 6 años todo era un mundo por descubrir.

¡Que pena no vivir ahora la Navidad con los ojos de una niña!.


 
 

Mi Falta De Madurez

por Albhatan @ 2007-11-07 - 21:39:08

Yo desde pequeña siempre quise tener un traje de flamenca, pero eso nunca fue posible. Como ya he comentado en otras ocasiones la economía no era muy boyante, y además mis padres no tendrían que comprar un traje, sino dos, uno para mi hermana y otro para mí. Así que nunca lo tuve. Pero vamos, yo me conformaba con (y palabras textuales de mi madre), “vestirme de mamarracho” y jugar al teatro. Me ponía una falda de vuelo de mi madre (en aquella época se llevaban así), y la ceñía a mi cuerpo con pinzas de tender la ropa. Me colocaba el mantón de andar por casa de mi abuela y en la cabeza me ponía bien sujeto un clavel rojo reventón. Y ya no era yo, oye, lo mismo era la Juanita Reina, que la Marifé de Triana, que la Gracia Montes (la Pantoja no porque entonces no había salido todavía), y cantaba delante de mis amigas paseándome por el improvisado escenario que era la tarima de la mesa de camilla, y con las consecuentes peleas con ellas por no querer dejar de actuar para que entrara la siguiente, porque lo hacíamos por turnos.

Pero mira, nunca se me quitó a mí esa espinita de tener un traje de flamenca para ir a la feria. Ya demasiado era que mis padres nos llevaran a ella y nos subieran en el Látigo, La noria, El Carrusel y poco más porque tampoco había las sofisticadas atracciones que hay hoy. Luego, a la vuelta, nos compraban un algodón a cada una, uno rosa y otro blanco, y siempre discutíamos porque nos gustaba más el de la otra.

Ocurrió que cuando las dos nos hicimos mayores y comenzamos nuestras andazas por el mundo laboral, teníamos un poco más de desahogo, así que mi hermana se compró tela para hacerse un traje de flamenca con la ayuda de una vecina que era modista. Yo pensé que no lo quería porque con ese dinero prefería una mantelería de lino muy linda que había visto en Tejidos Hernández, para guardarla en el baúl donde acumulaba mi ajuar de novia. Pero mi hermana puso en práctica eso del traje.

Un día, cuando regresé del trabajo no había nadie en casa, y encima de la cama de mis padres estaba el vestido de flamenca. No estaba terminado, o sea, no tenía las costuras cosidas definitivamente, sino simplemente hilvanadas. Supuse yo que era para que mi hermana se lo probara y luego rectificar.
En esto llegó mi novio para salir a tomar café (muy aficionado a la fotografía), y yo le dije, “mira niño el traje de mi hermana, es lindo ¿verdad?” y como una iluminación se me vino a la mente el ponerme el traje y que él me fotografiara. Claro, no contaba yo (o no quise contar), con que yo siempre he tenido dos o tres kilos más que mi hermana. Además mi hermana era “cinturita de avispa” y yo no. Por el contrario yo estaba más bien dotada que ella de busto. Pero bueno, que todo eso me importó poco y me puse el traje. Y nada, mi novio haciéndome fotos a diestro y siniestro.

Lo peor vino cuando me lo quité. Mira, le había saltado todas las costuras y el traje estaba hecho varios pedazos sin unir. Dios, que pánico me entró. Inmediatamente tomé aguja e hilo para recomponer la tragedia. Y en eso estaba cuando llegó ella. El momento ése lo tendré de por vida grabado en mi mente. Al principio se enfureció, luego me insultó, y no me pegó porque ya éramos muy mayores para pegarnos, que de pequeñas bien rápido que llegábamos a las manos, y por último se echó a llorar y se pasó tres días llorando.
Pobre hermana mía. Como me dolía a mí su pena y mi insensatez. No sabía yo que hacer para consolarla, pero nada, ella no quería saber nada de mí. Aún me duele recordarlo.
Al final la modista le arregló el traje y con el paso de los días ella me perdonó.
Yo todavía no me he perdonado.

La verdad es la madurez siempre ha brillado en mí por su asusencia.

Y para muestra ahí os dejo unas fotos del día de la tragedia.A mi no me importa mucho ponerme en internetet. Al fin y al cabo quién me iba a conocer, si las fotos son de cuando yo tenía 20 años.

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