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Archivos de: Octubre 2007

La Mesa De Camilla

por Albhatan @ 2007-10-28 - 09:56:52

camilla marta 2

En mi casa, y como estaba “mandao”, cada año y el día de Todos los Santos se ponía la mesa de camilla. Vamos, en mi casa y en todas las casas de estos lugares. Se ponía, como he dicho, el día de Todos los Santos y se quitaba allá por Semana Santa si ésta caía en abril, que si caía en marzo no se podía quitar aún. Ya ves, costumbres y tradiciones (jejejejeje yo todavía las conservo).
El poner la mesa de camilla era todo un acontecimiento. (Venga niña que vamos a poner la camilla) Y hala, a sacar la mesa del “soberao” y del baúl las enaguas pa la mesa, toda envueltas en bolitas de alcanfor (naftalina), olor que le duraba todo el invierno. Antes no había esos ambientadores antipolillas que ahora se ponen en los armarios y cajones, no, antes había bolitas de alcanfor que comprabas en la droguería, (niñas, ni se les ocurra a ustedes metérselas en la boca que son venenosas) y la verdad es que eran toda una tentación porque mira, parecían perlas japonesas de esos collares que usaba tanto la Jacky Onassis.
Y nada, en cuanto la camilla estaba puesta, pues todos a sentarnos alrededor, hiciera o no hiciera frío y a cubrirnos con las enaguas de la mesa. Debajo de la mesa se colocaba la tarima con un agujero en el centro dónde se ponía el brasero. El brasero por aquél entonces y en todas las casas, era de cisco carbón, porque había poco dinero para pagar la electricidad, pero en mi casa no señor, en mi casa el brasero era eléctrico, y no porque la economía fuera boyante, que no era el caso, sino porque mi padre era electricista y apañaba el contador para que no corriera, así que disfrutábamos de luz gratis con la trampilla que él hacía. Por lo tanto, y para envidia de la vecindad, nuestro brasero era eléctrico.
Y que bien y que agustito se estaba sentada alrededor de la mesa de camilla. Mi madre le ponía un mantel de plástico para comer, pero mientras tanto colocaba en el centro un pañito de croché y encima un frutero lleno de naranjas.
Claro que lo malo era cuando tocaba comer puchero. El puchero tardaba mucho en hacerse, y mi madre decía que la hornilla no calentaba suficiente, por lo que decidió que el puchero se cocinaba debajo de la camilla, en el brasero.
No te digo nada, allí que plantaba la olla exprés, con la pesa dando más vueltas que una atracción de feria y soltando más vapor que la chimenea de una locomotora de hace dos siglos.
Y nosotras allí sentadas, aguantando mecha. (“omaíta”, que tengo las piernas mojadas del vapor) (Eso no es ná, si el vapor también está calentito) Anda, hora y media que tardaba el puchero en hacerse, pues hora y media que las piernas nos chorreaban del vapor. La verdad es que deberíamos haber metido la cara para abrirnos los poros, pero eso entonces, ni se conocía.
Pero desde luego la que salía perdiendo era mi abuela. Mi abuela ya fuera invierno o verano siempre estaba vestida de negro (guardando luto por mi abuelo muerto hacía años) y las medias que usaba eran de lo más tupido, así que cuando mi madre retiraba del brasero la olla a presión, las medias de mi abuela se podían exprimir. (Jesús, Jesús, Jesús,- decía ella-) Y se iba la pobre para su cuarto buscando en los cajones de su cómoda el par de repuesto que tenía. (que eso no es “na” Dolores – decía mi madre- que así se ahorra usted de lavarlas). Anda, fíjate las ocurrencias de mi madre. Y es que mi madre siempre ha sido igual, vamos que yo se lo digo: “omaita”, tienes menos neuronas que una maja de palo.
Y ella se ríe.


 
 

La Leonor

por Albhatan @ 2007-10-14 - 20:22:51

calle


Salía del colegio a las 5:30 de la tarde. A esa hora y en los días otoñales el sol, buscando ya su ocaso, se posicionaba justamente frente a mi camino. Sus casi extintos rayos se derramaban impasibles sobre el adoquinado de la calle de la Mina bañándolos de un color ambarino y reflejo metálico e impidiéndome ver claramente lo que tenía en frente. Pero a mí, vamos, que me daba igual puesto que me conocía el camino de memoria. Me parecía que caminaba sobre una delgada capa de agua reflectante como un espejo y que en ocasiones me impedía divisar mis zapatos negros de colegiala, tal era su luminosidad.
Yo caminaba con paso firme y seguro un metro por delante de mi hermana que me seguía alcanzándome a duras penas. Y pasaba que yo no quería caminar a su lado. Yo era la mayor (cinco años yo, cuatro ella) y me avergonzaba hacer de lazarillo, así que aceleraba el paso y la dejaba detrás. Vamos, como si no la conociera de nada y no viniera conmigo.
Llegando a la puerta de la zapatería de Olias mi caminar se volvía un poco más lento. Justo allí estaba parada y mirando el escaparate mi compañera de clase Leonor, el bicho más malo que había parido madre según mis deducciones infantiles. Leonor era más fea que Picio, más mala que la quina y más peligrosa que una caja de bombas. Y allí estaba parada la muy bandida, como todos los días, mirando los zapatos del escaparate de Olías, que dicho sea de paso, lo único que expositaba eran zapatos Gorila, o sea, los que usábamos obligatoriamente y por órdenes expresas del colegio de monjas, las colegialas.
Como he dicho me dejé ir porque la verdad, y aunque no quería reconocerlo, la tal Leonor me tenía un poquito acojonada, porque nos llevaba a maltraer a mi hermana y a mí. Lo mismo nos daba una patada, que un tirón de trenzas, que un empujón, o nos amenazaba con chivatear tal o cual cosa a Sor Tomasa. Y Sor Tomasa era de armas tomar. Vamos, que no se yo quien era más peligrosa de las dos, Sor Tomasa o la Leonor.
Y yo, entonces, y haciéndome un poco la valiente, tomaba a mi hermana de la mano y se la apretaba fuertemente, como para protegerla, porque a ver, aunque mi hermana fuera mi rival en casa y yo me avergonzara de ella ante mis amigas, no dejaba de ser mi hermana, y hasta ahí podíamos llegar, vamos, a consentir yo que la Leonor le pusiera una mano encima.
Ese día parece ser que me afloró la vena vengativa, vete tú a saber si fue porque verdaderamente la tenía (cosa que dudo), o porque como he dicho antes el sol me impedía ver nítidamente, y ya se sabes, si tú no ves, te pareces que a ti no te ven, así que tal vez pudiera yo pensar que la Leonor no me veía y me envalentoné más de lo que debiera.
Como ella estaba de espaldas a mí, mirando el escaparate, tuve tiempo de sobre para acercarme a ella balanceando cada vez con más fuerza mi maleta de plástico marrón con la enciclopedia Alvarez dentro (que pesaba cantidad), además del baulito con los lápices y el cuaderno de dos rayas. Conforme me acercaba iba cogiendo cada vez más impulso hasta que de un golpe brutal para mi edad, estampé la maleta en sus espaldas y la dejé con la cara plasmada en el cristal del escaparate.
Y ahora a correr cobardemente y cagada de miedo, con mi hermana de la mano, tirando de ella, y sin aliento hasta llegar a casa.
¿Qué pasa, qué pasa? – decía mi madre – y nosotras nos escondimos debajo de la mesa de camilla, temblando de pánico a la represalia y viendo desde nuestro escondite las gruesas piernas de mi abuela envueltas en medias negras, que se calentaba al brasero.
La Leonor, La Leonor, decíamos nosotras a mi madre. Y mi madre se puso en la puerta de la calle hasta que pasara la Leonor creyendo que había vuelto a hacernos una de las suyas. Pero la Leonor pasó con la cabeza gacha y sin mirar siquiera, camino de su casa, aunque seguro que la espalda la llevaba como la de un costalero.
Y mira oye, mano de santo. A partir de ese día jamás la Leonor volvió a decirnos ni pío, incluso se hizo amiga nuestra.

Sin embargo, y a pesar de tanto tiempo transcurrido no me olvido de ese episodio y me avergüenzo de él. No actué legalmente, no le dí la cara, no fue un cuerpo a cuerpo. Fue un ataque cobarde y bajo, y de verdad, que me gustaría que no se hubiese producido.

Nada, Tonterías

por Albhatan @ 2007-10-11 - 21:33:38

Fresquita que se está poniendo la noche, y yo que me siento libre como ese vientecillo otoñal que sopla. Ahora, está todo más oscuro que la boca de un lobo (como diría mi madre). He bajado a recoger la ropa que tenía tendida y no se veía ni a tres en un burro. Había estresllas, sí, pero no luna (o al menos yo no la veía), y me traje la ropa parriba y tropecé con el escalón (la puñetera niña ésta que deja los muñecos por medio y tengo que sortearlos), pero nada, todo bien.
Así que lo dicho, a dormir esta noche con la ventana abierta pa que entre el aire y el olor de los jazmines y de los nardos coronados, el canto de los grillos y el estruendoso ruído de la moto del jilipollas de turno que pasa a altas horas de la noche. La cosa es que a mí el sonido de la moto no me despierta. Me despierta mi Tobi ladrando porque parece que a él sí que le molesta que lo despierten.
Mi Tobi, que duerme en su camita junto a mí igual que si fuera un bebé. Y el bandido no se levanta hasta que no lo hago yo. Eso sí que es amor desinteresado y lo demás son cuentos.

Bueno y nada más que ya me están pidiendo la cena. Tenía idea de escribir otras cosas, pero con esta gente metiendome bulla, pos ésto es lo que ha salido. Que se le va a hacer.

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