En mi casa, y como estaba “mandao”, cada año y el día de Todos los Santos se ponía la mesa de camilla. Vamos, en mi casa y en todas las casas de estos lugares. Se ponía, como he dicho, el día de Todos los Santos y se quitaba allá por Semana Santa si ésta caía en abril, que si caía en marzo no se podía quitar aún. Ya ves, costumbres y tradiciones (jejejejeje yo todavía las conservo).
El poner la mesa de camilla era todo un acontecimiento. (Venga niña que vamos a poner la camilla) Y hala, a sacar la mesa del “soberao” y del baúl las enaguas pa la mesa, toda envueltas en bolitas de alcanfor (naftalina), olor que le duraba todo el invierno. Antes no había esos ambientadores antipolillas que ahora se ponen en los armarios y cajones, no, antes había bolitas de alcanfor que comprabas en la droguería, (niñas, ni se les ocurra a ustedes metérselas en la boca que son venenosas) y la verdad es que eran toda una tentación porque mira, parecían perlas japonesas de esos collares que usaba tanto la Jacky Onassis.
Y nada, en cuanto la camilla estaba puesta, pues todos a sentarnos alrededor, hiciera o no hiciera frío y a cubrirnos con las enaguas de la mesa. Debajo de la mesa se colocaba la tarima con un agujero en el centro dónde se ponía el brasero. El brasero por aquél entonces y en todas las casas, era de cisco carbón, porque había poco dinero para pagar la electricidad, pero en mi casa no señor, en mi casa el brasero era eléctrico, y no porque la economía fuera boyante, que no era el caso, sino porque mi padre era electricista y apañaba el contador para que no corriera, así que disfrutábamos de luz gratis con la trampilla que él hacía. Por lo tanto, y para envidia de la vecindad, nuestro brasero era eléctrico.
Y que bien y que agustito se estaba sentada alrededor de la mesa de camilla. Mi madre le ponía un mantel de plástico para comer, pero mientras tanto colocaba en el centro un pañito de croché y encima un frutero lleno de naranjas.
Claro que lo malo era cuando tocaba comer puchero. El puchero tardaba mucho en hacerse, y mi madre decía que la hornilla no calentaba suficiente, por lo que decidió que el puchero se cocinaba debajo de la camilla, en el brasero.
No te digo nada, allí que plantaba la olla exprés, con la pesa dando más vueltas que una atracción de feria y soltando más vapor que la chimenea de una locomotora de hace dos siglos.
Y nosotras allí sentadas, aguantando mecha. (“omaíta”, que tengo las piernas mojadas del vapor) (Eso no es ná, si el vapor también está calentito) Anda, hora y media que tardaba el puchero en hacerse, pues hora y media que las piernas nos chorreaban del vapor. La verdad es que deberíamos haber metido la cara para abrirnos los poros, pero eso entonces, ni se conocía.
Pero desde luego la que salía perdiendo era mi abuela. Mi abuela ya fuera invierno o verano siempre estaba vestida de negro (guardando luto por mi abuelo muerto hacía años) y las medias que usaba eran de lo más tupido, así que cuando mi madre retiraba del brasero la olla a presión, las medias de mi abuela se podían exprimir. (Jesús, Jesús, Jesús,- decía ella-) Y se iba la pobre para su cuarto buscando en los cajones de su cómoda el par de repuesto que tenía. (que eso no es “na” Dolores – decía mi madre- que así se ahorra usted de lavarlas). Anda, fíjate las ocurrencias de mi madre. Y es que mi madre siempre ha sido igual, vamos que yo se lo digo: “omaita”, tienes menos neuronas que una maja de palo.
Y ella se ríe.















