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Archivos de: Septiembre 2007

Recuerdos De Un Pozo

por Albhatan @ 2007-09-30 - 09:24:12

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Había un pozo en mi casa cuando yo era pequeña. Un pozo profundo, profundo. Decía mi padre que tenía 48 metros de profundidad, y si mi padre lo decía es que era verdad., porque los padres, al menos el mío, no decían mentiras nunca. Las mentiras las decían sólo las niñas malas (según parece, como yo).
Tenía el pozo una especie de polea que nosotros llamábamos “carrillo”, y de él pendía una soga que pasaba de un lado a otro y de cada extremo colgaba una cubeta de madera rodeada por tres aros metálicos, que ya estaban oxidados de tantas idas y venidas al fondo.
El brocal del pozo medía sobre un metro de altura, por lo tanto, ni mi hermana ni yo, que éramos pequeña conseguíamos asomarnos al fondo a no ser que nos subiéramos en un cubo puesto del revés, cosa que como es de imaginar, teníamos totalmente prohibido.
Claro, pasaba que nuestra madre no estaba las 24 horas del día pegada a nosotras, así que cuando se metía en la cocina a cocinar, o subía al corral a tender la ropa, pues nada, allí que estábamos las dos discutiendo a ver quién era la primera que se asomaba.
A mí, la verdad es que me daba mucho pánico asomarme porque la profundidad me daba vértigo y sobre todo, porque mi madre no cesaba de chinchar con los metemiedos que se traía a cuenta de la bruja.
Decía que en el fondo vivía una bruja que si las niñas se asomaban las cogía del pelo y se las llevaba, y por supuesto que nosotras lo creíamos a pié juntillas.
Yo me asomaba a través del brocal pero con las manos fuertemente asidas al borde, fuera a ser que me dieran un tirón del pelo y me llevara para abajo la bruja ésa que vivía en los confines del pozo, lo que pasa es que nunca la vi. “Estará escondida” decía la sabelotodo de mi hermana”, así que debería ser una bruja dormilona porque jamás dio señales de vida.
En las paredes del pozo había helechos que crecían con la oscura humedad de sus paredes rocosas “(Por ahí es por donde trepa la bruja para salir cuando las niñas son malas – decía mi madre)”, y a pesar de su profundidad se veía claramente el agua del fondo, que allá en la distancia reflejaba nuestras caras en lo más alto.
En el verano mi madre sacaba agua fresca del pozo y nos daba a beber en la misma cubeta y nos sabía riquísima, fresca y suave, proveniente de un manantial subterráneo que corría constantemente.
“Es el agua más fresca que se puede beber – decía mi madre –más fresca que la del búcaro”.
Claro lo que pasa es que en esos tiempos no había refrigerador en mi casa, así que no se podía meter dentro una botella de agua. Ni botella de agua ni nada.
Pero sí que cuando regresaba bien tempranito en los días de verano, mi madre del mercado, siempre traía una sandía, y para que estuviese fresca al comerla, la metía dentro de la cubeta al fondo del pozo. Y ahí se quedaba hasta la hora del almuerzo, Y bien fresquita que estaba.
Lo malo era los malos ratos que pasábamos mi hermana y yo cuando llegaba la hora de sacarla. Oye, que siempre nos pensábamos que la bruja se había quedado con ella.
Así que mientras mi madre tiraba y tiraba de la soga, las dos rezábamos un Ave María (nada, esas cositas que nos enseñaban las monjas), para pedirle a la Virgen que por favor la cubeta subiera con la sandía dentro.
Y mi madre, joder, mi madre también le ponía teatro a la cosa: “Pos parece que la cubeta viene vacía. (Y nosotras Santa María Madre de Dios…) Al menos yo no la veo…” (ruega por nosotros pecadores y Virgencita por Dios que no se la haya llevado la bruja.)
Y encima de cuando en cuando hacía más lento el tirar de la soga para darle más emoción (ahora y en la hora de nuestra muerte…).
“¡Anda! Si parece que la estoy viendo venir”. (Amen, Amen, Amen) Y nos abrazábamos las dos, porque la verdad es que la sandía, siempre venía en la cubeta.
Debería ser que a la bruja de mi pozo no le gustaba la fruta.


 
 

Cosas De La Vida

por Albhatan @ 2007-09-15 - 19:35:03

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Se ha puesto la tarde pasada por agua. Fíjate que a medio día lucía un sol de verano y ahora de pronto parece que se ha abierto un agujero en la tierra y quiere tragarse al mundo empapándolo de agua.
Estaba yo en la cocina hablando por teléfono con mi hermana y mi marido al lado preparándose un té verde (se cree que tomando mucho té verde va a perder esa barriga prominente que se le empieza a vislumbrar) y mira, de pronto un portazo enorme.
Era el viento que cerró de golpe la puerta de la cocina, y cuando la abrimos de nuevo parecía que nos iba a llevar el viento. El viento y el agua, porque llover llovía a mares. Y sigue lloviendo. Y además con truenos. Mejor, así me cambia el ánimo, que a mí me gusta mucho cuando llueve y el tiempo así me pone más “entonada”, vamos, como si me hubiera tomado un guiski (cosa que si acaso habré hecho tres o cuatro veces en mi vida).
Es que a mí no me gustan los licores. Bueno, no es que no me gusten sino que no me sientan bien. Ya sabes, por eso de las reacciones colaterales. Y es que yo tengo lo que de dice “muy mala bebida”, vamos, que me tomo una copa y nunca se sabe como voy a reaccionar. Lo mismo me da por ponerme muy amable y cariñosa que pongo a parir a todo el que esté a mi lado. Así que por eso no bebo. Bueno, un vinito o una cervecita sí, pero nada más.
Pero a mí es que las tormentas solo me arrancan el lado bueno. Que mira tú que son bonitos los cristales chorreando agua (vamos a olvidarnos que luego se quedan todos llenos de mierda que una tiene que limpiar), y esos árboles bamboleados por el viento que los azota sin piedad arrancándoles las hojas marchitas (que luego yo tengo que barrer), y esas nubes negras que ponen al día que parece que es de noche.
Sí, definitivamente me gustan las tardes así, como las de hoy, aunque luego tenga que limpiar todo lo que esos maravillosos momentos me trajeron.
Y es que ya se sabe: el que algo quiere, algo le cuesta, que nada es gratis.
Cosas de la vida.

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