por
Albhatan
@ 2007-07-20 - 19:46:13
Yo no sé por qué mi padre le tenía tanta “tirria” a La Nati. Que no la podía ver, oye. Natividad García se llamaba pero en toda la calle y la vecindad era conocida por “La Nati”. La Nati era… a ver como lo diría yo, pues una mujer así como un poquito metomentodo. Vamos, un pelín peligrosa, pero eso sí, solidaria a más no poder y muy servicial toda ella, pero claro, luego lo estropeaba todo con eso de los dimes y diretes que se traía entre manos.
La Nati andaría por aquél entonces ya pasada la treintena y era una mujer obesa, muy obesa, con una voz potente y tosca que cuando te pedía un favor parecía que te estaba echando la bronca. Dos hijos tenía, una hija de 7 y un hijo de dos, ambos igual de obesos que ella. Y un marido. Pero el marido era como si no lo tuviera porque era hombre de campo (su familia poseía terrenos hortícolas que trabajaban ellos mismos), así que salía de su casa a las 5 a.m. y no regresaba hasta pasada las 12 de la noche. Como no tenían coche ni moto ni nada, pues el hombre se hacía diariamente el trayecto de ida y vuelta (8 km.) en bicicleta. Llegaba a su casa, se lavaba la cara y los pies nada más, pues decía que el baño era solo para los domingos, y La Nati le ponía por delante un buen plato de puchero con su yerbabuena incorporada y el tocino y el jarrete de cerdo de la “pringá,” de segundo plato. Y de postre pues eso, el melón o la fruta correspondiente que el traía de la huerta. Y nada, a dormir. Yo me imagino que antes de dormir harían alguna que otra cosilla, digo yo, vamos que eran jóvenes, pero no sé. La hija dormía a los pies de la cama de matrimonio, entre los dos, y el niño en su cuna a pesar de que ya casi ni cabía. Es que eran otros tiempos y el status de vida no era el de hoy. Personas humildes en un entorno humilde.
Mis padres siempre terminaban de bronca por causa de La Nati, Y es que mi padre no quería encontrarla en casa al llegar del trabajo. Y mira que mi madre de lo decía: “que mira Nati, que este hombre (por mi padre) es muy raro y no quiere a nadie en casa cuando llega”, pero La Nati, nada, como si le hablaras a la pared. Así que cuando se iba a su casa pues mi padre ya estaba que se subía por las paredes, y eso que mi padre era (mejorando a los presentes que lean esto) la mejor persona del mundo, y no es que lo diga yo que soy su hija, es que es así.
Como La Nati se pasaba el día de casa en casa contado lo que pasaba en la que había estado antes y así sucesivamente, pues la verdad, como que no era muy bien avenida porque claro, a nadie le gusta que lo que pase en tu casa sea la comidilla de todo el vecindario.
Pero era buena La Nati. Nos reunía a todos los chiquillos de la calle y nos sentaba a la puerta de su casa a jugar al “veo-veo” o a “las prendas”. Nos quería mucho.
Un día a La Nati le dio una subida de azúcar y a partir de ahí ya fue en picado, vamos, que no se volvió a recuperar ni a ser la que era antes. Yo la veía triste, apagada, aunque desde luego la diabetes no le quitó las ganas de seguir con sus critiqueos de vecinos.
A veces se quedaba pensativa en la ventana mirando la calle. Yo no sé que pasaría por sus adentros. Somos las personas a veces tan reservadas a pesar de tener un carácter abierto, que cualquiera sabe lo que pasaba por su cabeza. Imagino que se sentía sola.
Su marido estaba más tiempo fuera que dentro, las vecinas como que la esquivaban un poco… Triste debía sentirse La Nati en su interior.
Pasó muchos años con la enfermedad y ya por aquél entonces mi padre permitía que estuviera alguna vez que otra en nuestra casa, aunque eso sí, seguía sin caerle bien. No había empatía entre ellos.
Decía La Nati a mi padre (las veces en que coincidía) “Ay Alfredo, que rápida se pasa la vida. Fíjate, yo ya tengo un pie aquí y el otro en el otro Barrio”.
Pero resulta que mi padre puso los dos pies en el “otro Barrio” antes que ella. Ella asistió a su funeral y nos abrazó y dijo todas esas palabras de consuelo que se suelen decir en estos casos pero que para nada te quitan el dolor.
Veinte días después murió La Nati. La enterraron justo al lado de mi padre. Ironías de la vida. El no la quería cerca y ahora está con ella para toda la eternidad.
Imagino que si están en esa dimensión que dicen que hay en la que todo es amor y fraternidad, pues habrán hecho amistad entre los dos.
Es lo que deseo de corazón.