por
Albhatan
@ 2007-06-24 - 20:04:06
Que buena que era Pepa, oye. Mira, se pasaba casi todo el día cruzando la calle para venir a mi casa e interesarse por si nos faltaba algo. Claro, como ella sabía que la economía de casa no era muy boyante y que el trabajo de mi padre no daba para mucho, pues eso, que la buena mujer nos daba muchas vueltas, y no es que ella nadara entre el oro y el moro, que va, ni mucho menos, a sus cincuenta y pico de años y con cuatro hijos ya mocitos y todos metidos en casa no tenía para dar y regalar, pero ella era así, bondadosa y desprendida de sus cosas si podía hacer un bien a los demás.
Casi todo los medios días llegaba a casa con una cacerolita llena de un poco del almuerzo que había hecho ella. Mira Carmen, le decía a mi madre, que resulta que he cocinado hoy tal o cual cosa y me salió mucha cantidad, y me dije, que pena tener que tirarlo, voy a ver si lo quiere Carmen y lo aprovecha con sus niñas….
Excusas que ponía ella para pasar por alto ante nuestros ojos que era consciente de nuestra situación.
Pues sí, era muy buena Pepa. Siempre andaba con el pelo canoso recogido en un rodete y una bata negra con flores blancas, de esas chiquititas. Se vestía así porque decía que estaba de medio luto por la muerte de su madre, y que lo llevaría durante 10 años, y ya fuera invierno o verano siempre calzaba babuchas negras.
Pasa que la pobre tuvo muy mala suerte con el marido, que andaba siempre en la taberna dándole al vino blanco. Vaya, que cogía unas “tajadas” de “ven y no te menees”. Entonces podía llegar a su casa de dos maneras: o con lo que tenía entre las piernas más duro que el Alcoyano y entonces arremetía contra la pobre Pepa para que se abriera de piernas, o bien (y esto es peor) le daba la vena agresiva y llegaba peleando con todo Cristo que se le pusiera por delante. Antonio se llamaba, pero le decían “Antoñito el de las Aceitunas” porque en las tardes se sentaba en la puerta de su casa, en una silla de eneas a machacar aceitunas para aliñarlas. A veces yo le ayudaba pero me daba no sé qué el olor a alcohol que despedía.
Yo quería mucho a Pepa porque era muy cariñosa. La pobre un día empezó a perder la cabeza y a desvariar. Nada, algo a lo que no se le dio importancia. Ni siquiera la llevaron al médico. Pero con el tiempo se fue poniendo peor hasta que la perdió del todo. Entonces hacía cosas que solo los que tienen la cabeza perdida hacen: que si desconfiaba de los hijos y creía que la querían matar, que si pensaba que le robaban dinero, a su hija le decía madre… Le tomó odio al marido y ni mirarlo quería.
Luego le dio por hacer sus necesidades mayores en el suelo de su habitación. Lo recogía con una sábana y la guardaba encima del armario. Casi se muere su hija el día que descubrió tanta cagancia por los altillos. La pobre. Bueno, pobres las dos, la madre y la hija porque los demás ya se habían casado.
Un día se murió Pepa. Se fue llamando a su padre que decía que había venido a por ella. Su padre, que había muerto 60 años antes.
En fin, cosas de la vida. Hace ya algunos años que murió pero si vieras tú la cantidad de veces que me acuerdo de ella…. Y es que las buenas personas, aunque se vayan de este mundo, permanecen siempre en nuestros corazones.
Ay que te quiero Pepa, bendita Pepa.